Kenia, fin del viaje de la FSPN en África

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Entre otras, Eleni, Alexia y Diana son las misioneras de la Comunidad de San Pablo Apóstol que, igual que las de Etiopía y con idéntica actividad, atienden la Misión de Kokuselei, donde nos alojamos, Kabosán,  con un plus añadido: están en una zona de muy difícil acceso y la temperatura habitual está por encima de los 40º, llegando incluso a los 56º. Llegar desde la mísera población de Lodwar es todo un reto. No hay caminos, es todo desierto o semi-desierto sin más paisaje que las acacias que dan sombra y, muy de vez en cuando, una palmera que anuncia que en su proximidad hay agua. ¡Y claro que la hay! Aunque no se vea. En el camino de ida, no vimos agua, pero sí algún lugareño que se agachaba, hacía un hoyo y sacaba agua. A la vuelta pudimos comprobar que eran ríos, ¡¡¡y qué ríos!!!

María Ángeles, presidenta de la FSPN, nos cuenta en primera persona la experiencia vivida en Etiopía:

“No puedo dejar de contaros la experiencia vivida. Fue un día memorable. Una Odisea digna de contar…

Salimos de Kokuselei, la misión, rumbo a Lodwar a las 5 de la mañana, de noche cerrada por caminos imposibles de tierra en medio de ese semi-desierto o desierto infinito donde se ubica. Teníamos que haber salido la víspera pero las lluvias lo hicieron imposible. Hay que atravesar ríos con el coche y eran infranqueables.

Al principio las cosas se desarrollaron con la normalidad debida pero transcurrida la primera hora de camino, (la distancia son 70 kms. y se tarda en condiciones normales 5 horas y media, aproximadamente), tuvimos que afrontar el primer reto: atravesar un río, de cauce más de 2 veces el Ebro, en el que ya se había quedado atrapado un camión. Gracias a la pericia del conductor, lo conseguimos sin excesivo esfuerzo ni riesgo, pero lo peor estaba por llegar…

Atravesamos desniveles imposibles y riachuelos varios con un terreno totalmente embarrado en al que al todoterreno le costaba agarrarse. ¡Y por fin llegamos al gran reto! Atravesar el río Kono-kono. Si el anterior era enorme, este aún lo era más y encima traía mucha corriente de agua y más profundidad y, por si hubiera poco, comenzó a diluviar.

Solos en la inmensidad era ya imposible retroceder ni seguir. Paramos, sin saber qué hacer. Sólo quedaba esperar a ver si cedía la lluvia. Pero cada vez arreciaba más. Estábamos como Noé, sin barca ni animales. Tampoco cobertura ni nada que permitiera la comunicación. Al cabo del tiempo apareció por allí un nómada quien, en turkana, le dijo al conductor un lugar que parecía algo más accesible. Marcha atrás y virando como pudo, nos dirigimos al lugar atravesando un espacio angosto para ponernos cara al río. Daba igual, seguía lloviendo más y más y el río se presumía infranqueable. Se bajó el conductor, se quitó sus zapatillas y a cuerpo se introdujo en el río para comprobar tanto la profundidad y fuerza del agua como la resistencia del suelo. Atravesó de lado a lado el río con el agua hasta su cintura. Oteó el lugar por dónde intentar, en su caso, salir, volvió, se santiguó, agarró el volante, miró al cielo, seguía lloviendo, e inició la marcha.

Con cautela nos adentramos en él. El agua nos llegaba hasta las puertas. Despacio llegamos hacía la mitad del río. Allí había una especie de isla con una palmera. Paramos allí. Había que afrontar el segundo tramo y era aún más profundo amén de tener que abordar cómo salir. No quedaba otra alternativa. Se bajó nuevamente del coche, miró, comprobó, volvió.  Respiró y respiramos profundamente, nos encomendamos todos y cada uno a Dios y ahora sí no podía ser tan despacio. Había que dosificar potencia.

Primero suavemente, luego un poco más deprisa, modificando incluso alternativa de salida, apretó el acelerador y patinando o derrapando y como pudimos, salimos. Aplaudimos todos. Aún ahora, unos días después, me parece imposible haber podido salir de allí. 

Mucha gente se queda y muere o es arrastrada por el agua, según nos dijeron. Lo cierto es que fuimos los únicos que ese día pasamos. Poco después, un camión volcó e hizo imposible el tránsito en ambos sentidos. El resto del camino fue malo o muy malo pero no tanto como lo anteriormente vivido. Perdimos por supuesto el vuelo y llegamos con Carlos enfermo. Llevaba mal unos días. ¡¡¡Y pensar que éste es el reto que afrontan día tras día los misioneros!!!”

En 70 kms. de distancia hay una sola tribu muy pequeña y el resto es el desierto infinito. Rara vez encuentras a alguien y ese alguien, generalmente una mujer , va en busca de agua llevando un bidón de 25 litros que luego acarreará en su cabeza. Raramente se ve a un hombre.La vegetación es impensable y terriblemente escasa. No hay agua, y cuando se perforan pozos, generalmente es salada. El gran Lago Turkana, es de agua salada y está lejísimos. Ni que decir tiene, que carecen de todo, agua, luz, comunicación, vivienda (viven en chozas de palos, que sólo les protegen del sol y les sirven para dormir sobre el duro suelo), sanidad, higiene…..Salvo dormir todo lo demás han de hacerlo al aire libre. Y los riesgos son infinitos.

Nos sorprendió observar cómo, careciendo de todo, tenían, en Kenia, rebaños de cabras, algún camello y burro. La respuesta fue fácil. En la época más dura, los keniatas, se alimentan de la sangre de los animales. No los matan, simplemente los sangran y para eso necesitan rebaños suficientes, ya que la recuperación del animal sangrado tarda 15 días aproximadamente, por lo que es necesario disponer del número suficiente para su subsistencia.

¡¡¡No hay palabras para agradecer tanto valor, dedicación y esfuerzo a las misioneras!!! ¡¡¡No somos conscientes!!! Y de Lodwar volamos a Nairobi para desde allí, regresar a casa.

¡¡¡Gracias, muchísimas gracias!!! A todos los misioneros con los que hemos compartido casi un mes, por su generosidad, dedicación y ejemplo, que sin duda ha marcado un antes y un después en nuestras vidas.

¡¡¡GRACIAS!!!